Una paloma yacía al costado de la carretera. No presumía sus alas, orgullosa, y sus ojos no buscaban comida, como suelen hacer. Ni siquiera se movía. Era una masa informe, una mezcla de plumas negras y grises salpicadas con manchas rojas. ¿Buscaba alimento?, ¿distracción acaso? No lo sé. No debió estar ahí. No debió verse así. Quizás su pareja aún la espera en su nido, pero no los autos, esos siguieron conduciendo, y las personas siguieron caminando a mi costado. Animales sucios, dice la gente. Yo también reanudé mi marcha. Caminé hasta que su silueta comenzó a confundirse con la basura de la calle. Si su cuerpo fuera un poco más grande, como el de un gato, hubiera podido regalarle una lágrima. Perdón.
Paz
2024-07-24
/
1 min de lectura