Sus ojos eran de un horrendo negro. Tan grotescos que te llamaban con sutileza y te pedían quedarte un poquito más, al menos hasta que el sol saliera de nuevo. Tan atroces eran que no podías negarte. Los acompañabas en vigilia, como el guardia que cuida un tesoro de valor desconocido. Pero tú querías más, querías saber qué ocultaban detrás de su silencio. ¿Una flor nueva?, ¿un mar desconocido?, ¿un mundo imposible? Los perseguiste como si tu vida dependiera de ello. Tu vida se volvió una mentira y esta, la única verdad. Afinaste tus oídos y enfocaste tu mirada. Resulta que tenías razón, siempre la tuviste: ocultaban un paisaje aterradoramente hermoso. Pero ahora tus ojos han ennegrecido y tus oídos se han ensuciado. No puedes verlo. No oyes nada. Se alejan de ti. Salen de tus entrañas y te dejan a tu suerte en el mismo horrendo negro. ¿Qué importa ya el paraíso? ¿Qué importa ya la verdad cuando esos ojos no están más?