Mi querer es vago e intermitente, no me importaría perderlo. Mis deseos, en cambio, son pocos y preciados, por ello los resguardo con paciencia en caso de que algún día, por razones incomprensibles, descendiera un dios benévolo a concederme uno de ellos. Pero, si realmente lo hiciera, si realmente descendiera un día de estos que parecen estar agotándose, no podría pedirle ninguno porque hay dos que anhelo con el mismo ímpetu:
Mi primer deseo es ser normal. Deseo no ser este desastre, no ser el niño que olvidó soltar su torpeza al crecer, no seguir creciendo hacia abajo. Y deseo no ser muchas otras cosas que me da miedo precisar. De hacerlo, de mostrar en palabras concretas mi sentir, sería tal mi vergüenza que no podría continuar escribiendo. Las palabras puedo ocultarlas bajo mi lengua, lejos de mi vista; puedo tragarlas y pensar que no existen. Solo las palabras. Pero hay más, quizás mi cuerpo, mi piel, mi voz, mi movimiento, mi olor, mi pensamiento… hay algo más que palabras grabado en mí que dice cuán penoso soy y todos parecen verlo. Soy translúcido y tengo vergüenza de ser yo. Todos lo ven. No hay prendas suficientes ni piel que me alcance a cubrir. Ni siquiera las palabras me sirven porque no sé mentir.
Pero este deseo lo amo como únicamente se ama a una fantasía: con pasión, pero también lejanía. Es así porque algunos desarreglos no pueden solucionarse si no es renaciendo y no creo en tal cosa como el renacer. Afuera de esa fantasía, solía amar con sinceridad un deseo distinto: volver el mundo un poco mejor antes de morir. Tenía fe en ello y tenía fe en que, si lo hacía, mis errores habrían valido la pena y podría obtener el perdón de alguna u otra forma. Me embriagaba en alivio, por eso lo amaba. Pero era falso y hoy, mire donde mire, me doy cuenta de ello. Y entre más intento cambiar las cosas, más ridículo me siento, porque fuerzo lo que no es y lo que no puedo ser.
Por eso, ese es mi primer deseo.
Mi segundo deseo es la felicidad de quienes quiero. ¿Qué mejor dicha que dar felicidad a mis personas favoritas cuando están sumidas en tristeza? Nadie sabe cuánto quisiera empequeñecer como las gotas de lluvia que siempre saben entrar al corazón, y cuánto quisiera poder parchar lo que no puedo. Es más, no pido ser yo el que lo haga, puede ser cualquiera. Sus familias, un desconocido amable, una mariposa hermosa, un día de buen viento, una comida reparadora. No hace falta que esté yo. Solo pido que las personas que quiero encuentren consuelo cuando lo necesiten.
Pero, si he de ser yo, estaría satisfecho con ser como aquel que se acerca al afligido y sabe pronunciar las palabras exactas o abrazarlo de la manera correcta para hacerle sentir mejor, para retirarle su tristeza, o para volvérsela llevadera, indolora. Yo no sé hacer eso. No sé cómo dar un abrazo. Ni siquiera sé hablar bien. Lo único que sé hacer es sentirme tan inútil como para desear escapar de mi cuerpo cada que alguien llora.
Por eso, ese es mi segundo deseo.
Si ese dios realmente descendiera, no obstante, sería mi fin porque amo ambos deseos con todo lo que soy y no podría escoger nada. Y, al no escoger nada, me deprimiría horriblemente por haber rozado los dos paraísos al alcance de mis manos. De suceder así, aseguro que yo mismo me quitaría la vida una madrugada.
Si ese dios realmente descendiera, incluso conociendo tal desenlace, optaría por no escoger nada. Escogiendo ser normal y arreglarme, no soportaría haber desechado la posibilidad de hacer feliz a quienes más quiero en el mundo. Escogiendo la otra opción, no soportaría haber perpetuado mi sufrimiento; me pudriría en desesperanza y mis días terminarían agotándose. No soy tan fuerte.
Por eso, ahora, si ese benévolo dios realmente descendiera, mi único deseo sería la muerte.