Dime, ¿cuántas lágrimas crees que derramarán las estrellas cuando te apagues? Colocaría un cuenco y no podría contarse ni una gota. Todas ellas existen en un cielo donde el llanto nunca nace.
Dime, ¿cuánto se desvela el Tiempo pensando en el cese de tu vida? Nada. Él solo avanza; avanza y avanza y avanza. No recordará que quedaste atrás, pues él no conoce el cese.
Si aún no lo entiendes, dime, ¿acaso te escuchan las personas siquiera? ¿Sabe alguien qué sientes cada mañana cuando despiertas y te das cuenta de que, por algún motivo, estás vivo? Claro que no. Te mentirán, muchas veces sin quererlo, y te dirán que te entienden, pero ¿siquiera tú te entiendes?
No eres belleza, no eres tiempo, no eres humanidad; eres lo que nace para sucumbir ante el olvido. Eres obstáculo en el camino del tiempo impasible, minuta corriente subyugada por el mar, anhelo interrumpido, frustración. Porque tu mano izquierda desconoce la belleza, y tu derecha no puede asir la verdad: morirás (y todos cuantos conoces y dices amar y odiar y admirar y repudiar).
¿Angustia? ¿Furia? ¿Tristeza? ¿Desamparo? Lo que sientes ya fue gritado suficientes veces por voces más altas. ¿Qué harás, entonces? ¿Acaso extinguirás las estrellas que no puedes tocar? ¿Detendrás el tiempo que corre paralelo a ti? ¿Reclamarás duelo ajeno de aquellos a quienes no logras hacerte entender?
Morirás y nadie sabe lo que eso significa. Grítalo. Vamos, grítalo fuerte, más fuerte que los demás. Grita a las estrellas que morirás, grita al Tiempo que tenga piedad, haz un menjurje con tus palabras que te fueron otorgadas por piedad y vomítalas sobre los demás. Ensúcialo todo. Escúpelo todo y dime si alguien te dice qué significa tu muerte.
Cuando hayas limpiado tu desastre, sal a contemplar las estrellas como siempre haces.