Con una cobertura cremosa y espolvoreada con chocolate por arriba y por abajo, y del tamaño de mi mano con los dedos bien extendidos. Las donas de aquella panadería no son cualquier cosa. Ayer me desperté a las seis de la mañana (en realidad, a las cinco, pero cerré los ojos hasta que dieron las seis), me puse mi calzado, cepillé mis dientes, tomé las llaves de mi departamento y salí en dirección a la panadería. Tomé el camión. Había llovido el día anterior, la neblina trajo frescor consigo. En el transcurso concebí varias ideas para algunos relatos (quizás poemas): que el vaho que dejaba escapar parecía no querer volver; que las personas del camión parecían haber dejado sus voces en otro lugar, uno oculto; que, mirando por la ventana, la ciudad avanzaba a la misma velocidad que el tiempo. Todo lo anoté en mi libreta de bolsillo antes de bajar en la panadería. De vuelta, con la dona ya en la bolsa sobre mi regazo, repetí el proceso: imaginé que la dona, cuyo sabor presentía, era un órgano mío casi tan vital como mi corazón, cuyos latidos sentía; que, cerrando mis párpados, abordaba un camión sobrevolando las nubes, y que, abriéndolos, abordaba varias toneladas de metal siendo arrastradas hacia el infierno; que, optando por no bajarme nunca, podía llegar a fantásticas calles inexistentes. Llegado el momento, me bajé y caminé por donde vine hasta llegar a mi departamento. Abrí la puerta con las llaves y entré sin hacer mucho ruido, aunque de poco sirvió porque mi madre ya estaba despierta en su cuarto (su puerta estaba entreabierta); Quizás no debí bajarme, pensé, consciente de que mentía. Tomé una silla y me dispuse a comerme la dona preguntándome si existirán donas que no tuvieran que comerse.