¿Vamos al centro? Escuché que está la feria de…, ¿Quieres ver este libro que encontré?, Mira, ¿no querías ir a esa cafetería? Cierran en…, ¿De chocolate o de vainilla?, ¿La de chispas?… No, eso no, de eso nada. Ni hablar. Lo que yo quiero es otra cosa muy distinta: dormir. Porque, últimamente, me siento envuelto en una manta de terciopelo que no sé de dónde vino, pero me hace querer dormir; querer ser como un árbol en temporada de lluvia y cobijarme completo en su manta de musgo. Solo de eso tengo ganas, de dormir como un pino alto (o de escribir unos cuentos, pero ahorita no tengo ganas de escribir cuentos; o de preparar una pizza de pepperoni, pero no sé cocinar y tampoco me gusta; o de leer el libro que me prestaron, pero no me apetece leer; o de cualquier cosa, pero no quiero). En realidad, tampoco tengo ganas de dormir cubierto de musgo. Solamente quiero descender, tal como una gota de lluvia. Quiero descender por una grieta de las que tienen los ladrillos de las banquetas, bajar hasta no poder más, hasta descubrir el lecho donde duermen todas las gotas y quedarme ahí y dormir con ellas durante seis meses. Pero tampoco de eso tengo ganas.