Lo umbrío de tu habitación nos consumía. Tus cortinas nos separaban del universo de allá afuera y remarcaban las palabras que no hablábamos. Y quisiste cerrar tus ojos, por eso miraste tu taza varios minutos, más de los normales (usualmente, tres me asustan; hablando de ti, dos ya eran mucho y llevabas cinco cuanto menos). En cinco minutos el atardecer se alejó tanto que parecíamos existir en una noche sin principio ni fin y nadie buscó el interruptor porque el miedo a moverse vencía. Como una profeta anticipando su muerte, estabas tan aterrada de cada minuto como lo estaba yo del siguiente. No quisiste hablar (ni mover un dedo, ni respirar mucho, porque eso es hablar y no querías hablar) y yo ya había hablado mucho; solo podíamos escuchar juntos: arriba de nosotros se hallaba el universo del que nos escondíamos, pendiendo de un hilo, amenazando con caernos en cualquier instante. Quizás no me ames, quizás yo tampoco lo haga porque nunca estoy seguro de saber lo que significa, pero estábamos atados con un mismo sentimiento y, solo por eso, estaba preparado para recibir la furia entera del universo…

Si tan solo hubiera sido así… Es una pena no poder comprenderte, nunca supe qué sentiste en esos cinco minutos. Había anochecido, así que me levanté primero.