Es uno el sentimiento que me embarga; aunque soy incapaz de conocerlo en palabras, me atrevo a imaginarlo a diario. Siendo uno, lo veo en todo, también en un gorrión, pero no en cualquiera, sino en uno de panza blanca y alas cafés posado sobre una rama desnuda (una de invierno, más café aún por el lustre de una lluvia reciente) donde el gorrión paseó sus patas minutos antes buscando el punto ideal para dormir. Este debe existir, forzosamente, un día posterior a otro lluvioso, y cuando lo mire y suspire por él, todavía dormido y sin abrir sus ojos, debe devolverme la mirada y recolectar para sí mi suspiro que lo salvará del invierno. (El clima es impasible, él es solo una bolita de algodón).

Y bajo ninguna circunstancia debe ver afuera de sus párpados; debe dormir, ver (dormido) el mundo con sus ojos soñadores y, solo cuando un contorno similar al mío pase cerca suyo, sin apartar aún sus frágiles pero atentos ojos marrones (ahora abiertos), divisar en él algún refugio del invierno circundante; debe abrirlos o morirá por hipotermia. Mas no debe abrirlos, debe permanecer dormido y encontrar así el calor que lloran esos párpados que no debe abrir porque abriéndolos no puede vivir dormido y sin vivir dormido no puede vivir sin vivir.