Se vuelve absurdo dormir ante una audiencia. Por fuera, las lámparas de la calle asomándose por mi ventana; por dentro, el clóset, las paredes, el techo, la cama, las sábanas… Me observan atentos, todos congelados, todos estatuas inanimadas. No se marcharán. Saben a lo que vienen y saben que lo sé, por eso callan, para permitirme hablar, para reclamar mi voz con sus miradas punzantes y vestirme de desnudez. Siempre se detienen y, estando ya bien quietos, vuelven a detenerse y a callarse más y más. Debo hablar y debe ser ya, para eso son las noches. Pero no sé hablar. Con una mentira bastaría, con un murmuro, con un pensamiento sigiloso… pero no sé hablar.