Esta noche, el 60% de mí quiere escribir como nunca ha escrito y el 40% quiere matar el tiempo y ocultar profundo su cadáver. Como el primer porcentaje no ha conseguido resultados convincentes (porque cuando se escribe como nunca se ha escrito, ya no se ha escrito como nunca se ha escrito), la frustración lo ha debilitado, de manera que el 60% es, ahora, un 20%; el 40% faltante se ha perdido, como ya dije: frustrado. (Frustrado es pérdida, pérdida en una confusión inhóspita). No lo encuentro. Sobrecogido por la noticia de extravío, la mitad del 40%, el que quería matar el tiempo, se ha sublevado y ha emprendido una búsqueda por el 40% extraviado; así, tan fácil tan gracioso, he perdido otro 20%. Haciendo las cuentas, quedo así: un 20% de mí aún quiere escribir (a pesar de haberse acobardado y no tener ya la mínima idea de cómo hacerlo), otro 20% aún calmo quiere seguir matando el tiempo (aunque ya no tiene la convicción para ocultar el cadáver), y el otro 60% de mí está extraviado en algún lugar (a fines prácticos, no existe más). Reajustando mis porcentajes, excluyendo el 60% extraviado, podría argumentar que un 50% de mí quiere escribir y otro 50% quiere matar el tiempo; pero es falso, porque siento en todo mi cuerpo el agujero del 60%, ese que no existe, y es mucho más punzante que mi querer escribir y mi querer matar el tiempo. Lo que quiero decir es que se muestra imposible reajustar mis porcentajes, pero también se muestra imposible vivir habiendo extraviado mi 60%. Lo que de alguna u otra forma sí puedo argumentar, es que un 40% de mí está vivo y late en algún rincón de mi cuerpo, a ritmo estropeado quizás, indeseable quizás, inútil quizás, y que el otro 60% está muerto. A fines prácticos, todo lo que tengo es un 40%, aquel es mi 100%, pero incluso dando aquel falso 100%, hay un 60% extraviado más presente que quiere morir. 40% vivir, 60% morir. No es que yo quiera morir, pero lo que quiera un 40% no es suficiente.