Era una noche fría, oscura, y la luna brillaba poco, y estrellas no había… y bueno, todas esas cosas que la gente ya sabe. El asunto de interés es que Bonáis habíase quedado pasmado frente a la puerta nuevamente, como sospechando la llegada de un extranjero, o presagiando un peligro que no tiene caso describir porque solo perros como él comprenden. Y el asunto de interés es, también, que Bonáis cedió a sus impulsos perrunos y exhibió sus fastidiosos ladridos, y quizás el asunto de mayor relevancia es que aquello a Ermilo lo agobiaba tanto como para desear la sordera.

Tantas veces habíase repetido dicha situación que, esa noche, Ermilo no pudo más:

Tú, perro idiota, calla ya tu ladrar. Tú, mamífero idiota de culo sin lavar.

A lo que su siempre leal acompañante, seguro en su intuición, replicó:

Ermilo, gran animal, atiende lo que digo: en la puerta principal un fantasma hay vivo.

Ante tal agravio, Ermilo amenazó con suspenderle la cena. Bonáis, penosamente, calló entonces. Pero el verdadero asunto aquí es que, Ermilo, muy en el fondo, le quería tanto que le perdonó:

Basta, chinche sin tetas, te perdono ser tontito porque eres chiquitito. Ten, come tus croquetas.