Duerme y despierta; repítelo los años que sean necesarios hasta que hayas acumulado bastantes días. Una vez tengas bastantes (lo sabrás así porque no cabrán más en tus palmas), júntalos sobre la mesa.
Vierte encima las memorias que guardes con recelo. Los paseos al parque en tu infancia, la mañana que caminaste sobre jacarandas de la mano de tu madre, la noche que te quedaste dormido en casa de tu amigo sin avisar a tus padres, la tarde en que tu madre lloró desconsolada al descubrir que tu padre la engañaba, la caminata bajo la lluvia, el cumpleaños que tu familia olvidó, todas las veces que tus amigos te han dicho que te quieren, todas la veces que tus padres te han dicho que das vergüenza.
Estando los ingredientes sobre la mesa, mézclalos hasta que tomen consistencia. Posteriormente amasa. Golpea, estira, aplasta.
Nota la falta sal y llora: agrega lágrimas y sigue amasando. No puedes parar en este paso. Enfurece y llora, pero sigue amasando hasta lograr una textura uniforme.
Llega la parte crucial: dale forma a la masa. Debes hacerlo o todo será desperdicio. Un inquilino de un departamento con un balcón de hermosas vistas al que se asoma a diario, un enamorado casado con alguien que ama en todos sus despertares y al que aman de igual manera, un dueño de un perro cariñoso o un gato tímido o un ratón juguetón, un viajero que arribó a una ciudad donde nieva todos los años o donde llueve a diario. Fantasea con todas las opciones que puedas imaginar, pero siéntete ajeno. Contempla la masa deforme. Desespérate. Piensa que es irrealizable, que no puedes formar nada con tu vida, que es un desperdicio, que eres un desperdicio, pero sigue dándole forma. Debes hacerlo, porque eso es lo que hacen todos… Aunque no sepas cómo.