La mudanza está casi lista. Me llevo conmigo el sueño nocturno, el hambre, mi cuerpo, y mis recuerdos de mí, de ella, de nosotros. Las demás cosas ya se han ido. El calor del corazón que me daba cobijo, la sonrisa que me hacía sonreír, el sonido de sus palabras, el arrullo de su respiro, la cama donde mezclábamos sentimientos.

La mudanza está casi lista, pero lo cierto es que no iré a ninguna parte porque no hay adonde ir. Sé que en febrero del año pasado vine a vivir con Lorena, pero no sé dónde viví antes; supongo que donde vive toda persona al nacer mientras encuentra un hogar verdadero: un espacio gris, informe, borroso, imposible de recrear en memoria o sentimiento. Porque el tiempo funciona así: te empuja adelante con ambas manos, afuera, y luego te niega el regreso porque no se puede volver al pasado; pinta todo de un color extinto, irrecordable.

La mudanza está casi lista y no la necesito: ¿dónde ir a parar?, ¿dónde reacomodar mi equipaje? No quiero un equipaje incompleto; lo único necesario lo dejé en la persona que habité y ya olvidé qué es.