Hoy, de regreso a casa, casi fui feliz.

Había cerrado los ojos, habían pasado las nueve horas y era noche. Las nueve horas en que trabajo y me pagan y nada más. No recuerdo qué sucede en ese lapso; anochece y, en algún momento, me hallo volviendo a casa.

Hoy fue lo mismo: no recuerdo qué hice en el trabajo; en verdad, ni siquiera sé de qué va. No recuerdo. Por eso mismo continúo yendo, porque me gusta derramar el vaso de agua. Es tranquilizante. Es el respiro que alivia cuando se mata el tiempo. Alivio, quizás, por haber encontrado la forma de desmembrarme sin que nadie se moleste en decirme nada. De saber marchitar mi vida.

Pero casi fui feliz esta noche. Caminaba sobre la calle de mi trabajo, la que luego es devorada por una larga avenida, tal como los riachuelos que se suicidan en un río más grande, que a su vez muere en un cuerpo ácueo más vasto e insulso. Pensando aquello, comenzó un viento ligero, casi tímido. Lo sentí primero confrontar mis dedos. Fue un cosquilleo. Luego sopló más, con intensidad, y sopló tanto que creí haberlo escuchado por dentro. Como si realmente hablara y yo realmente le escuchara. Era frío como lágrimas secas, y hablaba con inclemencia, pero hablaba al fin y al cabo. Sentí emoción, quizás vitalidad, mía o suya, no importa. En mi rostro, en mis brazos, en mi cuello. Sentí. Lo sentí implacable, peligroso, irreversible.

Como si hubiera aireado los restos de un fuego hace mucho encendido, bajo su influjo, me atreví a desear algo. Fue en murmullo y a escondidas: deseé sentirlo más. Deseé mi rostro bañado en su grito, su frío, su empuje, su agresión. Y como si me hubiera escuchado a mí como yo hice con él, todo aquello me concedió y el viento pareció haber sido poseído por dioses desenfrenados. Ante la sorpresa, como sombra suya, me atreví a continuar deseando con la misma vehemencia y desenfreno.

Él incrementó en intensidad. No podía avanzar por más que me inclinara; la ropa era inservible, el frío recorría mi cuerpo como si necesitara purificarlo. Más que frío, era pasión. Las ráfagas nocturnas me bañaban de pasión y anhelo. Quise volar. Vivo o muerto, no importaba: tenía que volar. No era deseo o ruego, era reclamo. Cerraría los ojos y el viento se encargaría de que fuera siempre de noche, hasta que no hubiera luces de ciudad, ni lunas ni estrellas. Él me lo concedería. Llévame contigo. Tómame completo. Destrózame. Espárceme. Destrúyeme. Te lo ordeno, hazlo.

Y así, como un abrupto soplido que finge avivar las llamas, el viento se disipó, y con él mi esperanza. Volví a casa otra vez, casi feliz, casi vivo.