que no quieres jamás perder, la sostienes ferozmente con tus yemas porque no caerá si no la sueltas. Está contigo, ahí tan pequeña, la ves, y así empiezan tus llantos porque le ves y no le quieres perder.
Te repite que está bien, convaleciente, que todo pasó y nada le duele más mientras tus ojos escuchan distinto al verle salir y empequeñecer a lo lejos hasta que tus lágrimas empañan su silueta.
Se te ocurre que debiste hacer más: jalarle de la mano, encerrarle, en contra de su voluntad, en tu cuerpo, en tu pecho, en tus labios, en tus yemas, hasta que tu agonía le curara. ¿Pero qué vas a curar si nada hay roto?
Pero entonces no se puede. Entonces piensas que es tarde, que estás doliendo su muerte. Te resignas a verle muerto. Y, con todo, pobre de ti, preguntas cómo traer vivos de la muerte.
Pobre de ti.
Pero si sucediera que en verdad fuera y alguien te dijera que es posible y pudieras tú realmente reanimarle su corazón que no ha dejado de latir… ¡Ay, pobre de ti, pagarías con el tuyo!