2025, 17 de enero.

Lidia, quisiera hablar contigo. Aquella noche nadie dijo nada, por eso quiero escucharte y que me escuches. Podemos vernos de nuevo y hablarlo, sabes que me importas. Y discúlpame si hubieras preferido no leer mi mensaje.

Al fin se lo dije. Quizás debí haber agregado que no supe qué decir cuando ocurrió, o que me he sentido mal porque no sé cómo ha estado. Pero entonces hubiera sido muy largo. Aunque también pude haber omitido la disculpa. No, esa no. En fin, me conformo con no borrar el mensaje.

Por otra parte, hoy estoy melancólico. Otra vez deseoso de irme al mismo lugar. Pero es una melancolía silenciosa, quizás tímida, la que se me pegó y solo ahora decide asomarse. Como si fuera huérfana y yo la hubiera adoptado. A lo mejor la contraje en el tramo de hierba o en el camino pedregoso. No lo sé. Cuantas más horas pasan, más se aferra a mí.

Y otra vez pensé en eso. Sé que es tonto, pero lo hice. Vi las piedras del suelo, juntas, incómodas, y pensé que si pudieran hablar me hablarían su malestar. Malestar para conmigo. Se reirían de todas estas cosas. Si de verdad pasara, no podría seguir escribiendo nada. Es más, tendría vergüenza hasta de pensar.

Otra vez todo se torna absurdo y pienso cosas raras. Imagino que soy cualquier persona. En realidad, soy el príncipe del Reino de los Muertos, y el Reino de los Muertos es, en realidad, una copia exacta del mundo real. Pero solo una copia. Es aburrido.

Me divertiría ir al muelle a escuchar las olas romper. Quizás, podría encontrarme casualmente a Lidia. Eso sí sería gracioso. Aunque no podría ser. Pero quizás debería ir.