Escribí porque no supe hacer más. Sucedieron los años, lo único que me dejaron fueron letras desordenadas, y si las escribí en papel fue solo porque la voz ya no me sirvió. Agradecería haber encontrado sentimientos que quedaran bien colocados en papel, pero lo ya hecho se petrificó y ahora se pudre. Nada persiste. Debí escribir algo que nunca terminara cuando tuve el tiempo. Si la belleza es eterna, ¿qué fue lo que escribí y ya olvidé? ¿Qué fuimos nosotros? ¿Qué fuiste tú que leías esto y te derretías a cada escrito como lodo? Fuiste el primer lector, yo el primer escritor. Pero eso no nos salvó, porque la primera creación es defectuosa. No te conocí y no me conociste. Lo mío fueron las piedras que lancé al pozo para tantear la caída y lo tuyo fue decirme cómo se escuchaba el impacto. Por favor, dime que escuchaste algo, dime que lo que escribí sonó a algo.
Déjame escribirte otra historia, la de un hombre de barro:
Érase una vez quien abrió los ojos y fue persona. Fue hecho y tuvo vida. Le fueron moldeados dos pies para desplazarse hacia los tréboles que sus ojos avistaron, después le fueron dadas dos manos para tomarlos. El problema era que sus manos eran de barro y todo resbalaba, y tampoco podía explorar si había mucho sol o mucho viento o mucha lluvia y debía esconderse, y cuando salía otra vez se daba cuenta de que ya no podía caminar recto y no sabía cómo mover sus manos. Otra vez aprendía, luego el ciclo se repetía. Era un hombre de barro que no podía soñar sino la vida de un hombre de barro. Lo peor fue que lo sabía.
Y yo soy un hombre de barro que descubrió que escribía a nadie.
Es sabido que el primer hijo sale mal; luego viene el segundo, el tercero, los corregidos, los buenos, el mañana, la esperanza, pero solo después del primero.
Aspirar a la miseria no alcanza con un cuerpo malhecho. Muerto nadie guarda pecado.
Solo las palabras de un diccionario genérico me llevo.