Entonces sucede que el sol suspendido quema su cuerda y se precipita como gota oftálmica, como suspensión recetada dos veces al día para sanar. Y luego sucede que uso un paño para limpiar tus excedentes y que confío en la mortaja para llevarse lo demás. Y la mancha que dejas la enjuago con mis lágrimas. Y después de la mancha se acaba todo y no hace falta buscar remedios. Se acaba el buscarte y borrarte en las noches de lluvia. Se acaban las mañanas de repetirme que no tiene nada de malo despertar sin ti. No hay más ejercicios de visualización forzada. Al final se terminan las tardes de mucho quererte, navegan en un velero a mar abierto hasta quedar dormidas. Porque morir es eso: dormirse llorando.