Ya derramada, una lágrima no puede ser recuperada por más que se le busque. Es aquello lo que te acerca a la muerte. Y los suspiros accidentales, falleceres exhalados. Es aquello y las nubes crepusculares y los lloros de pensamientos grises. Porque pensar es irreversible. Así, más peligra el niño de juguete extraviado que la anciana de espera satisfecha. Por eso, si una noche te descubres lastimado, seca pronto tu pesar y cierra fuerte tus ojos. Huye. Escapa sin mirar atrás. Déjalo todo y sálvate. Corre, lejos, a cualquier lugar. Olvida allá que fuiste dañado. Finge allá que no es pesar lo que pesa. No te acerques más, aquel es un camino sin retorno: un dolor lleva a otro, más tierno y amable que el anterior. No los escuches, son mentira. Gira tu mirada o será tarde: olvidarás haber sido ajeno a la muerte. Olvidarás poder vivir. Morirás, y aquella muerte no se cura ni con la muerte.