Cuando dijiste que tu corazón latía 65 veces por minuto estando relajado, y que el número subía a 72 estando feliz, y a 80 o 90 al pensar en mí. Y que la serenidad del 65 compartía el color de tu corazón: un celeste frío. El celeste del cielo y de los diamantes. Y yo no te lo dije, pero me pareció hermoso lo que dijiste, y pensé que tenía la obligación de escribirlo algún día en cualquier lugar y decirte que te pienso cuando veo celeste.
Cuando te recordé lo afortunado que eras de tener un novio con sangre O-, porque así podría darte mi sangre en cualquier momento, y cuando pensabas que tu sangre era también O- y convenimos en que yo era igual de afortunado, hasta que tu madre te dijo que eras O+ y no nos quedó de otra que reírnos del incidente. (Por cierto, aprovecho esto para recordarte lo afortunado que eres de tener un novio con sangre O-. Estás a mi merced en lo que respecta a transfusión sanguínea, pero te daré toda la que necesites).
Aquella noche cuando, hablando de nuestro futuro y de vivir juntos y querernos eternamente, te confesé que me había llegado un desánimo. Te lo dije como cuando me llega un resfriado y pensé que pudo haber mejor manera de decirlo. Recuerdo mis intentos de comunicártelo, de preguntar si te había sucedido alguna vez, si alguna noche te habías quedado mirando por la ventana hasta perder todo recuerdo. Y el miedo con cada oración mía que añadía, desastrosa contrapuesta a cada respuesta amorosa tuya, el miedo de una charla como sucesión encaminada a un desenlace más desastroso que la suma de sus partes, donde te cansas de perseguir a alguien que corre mucho y yo vuelvo a perderme. Luego nos despedimos. Me sentí mal por haber corrido tanto de ti y en la madrugada te preparé un escrito donde decía que había pensado en ti y había llegado a la conclusión de que te amaba y yo también quería vivir contigo. Lo leíste la mañana siguiente, dijiste que te alegró el día. Y hoy sigo pensando exactamente lo mismo.
Cuando quedamos en mi casa y te persigné: un beso en la frente, dos en los cachetes y uno último en la boca. Cuando luego nos sentamos entonces el sofá y me dijiste que hacía frío, entonces fui, te preparé un té de canela, volví y me esperabas con tu gato blanco de manchas naranjas que dijiste haber sacado de tu corazón, acostado en el mismo sofá. No te creo, te dije, ahí no puedes guardar gatos. Compruébalo tú mismo, dijiste. Así hice. Dejé el té en la mesita, te extendí mi brazo derecho, tomaste mi mano y la hundiste en tu pecho, detrás del esternón. Preguntaste si podía sentir tu corazón. Sí, contesté, es cálido. Late rápido. Permanecimos quietos hasta que sincronicé mis latidos con los tuyos, nacientes en mis dedos. Me dijiste que lo intente ahora y saqué una bufanda roja y unos guantes del mismo color. Son tuyos, dijiste. Te creí entonces. Ese día dormimos unidos por una semana. Compartimos el mismo sueño.