Tú, mi rey, mi encantador rey, amo de mi locura, señor de mi cuerpo. Para ti debo bailar. Para que te deleites, rebosante de alegría, con frenesí, debo transfigurar mis formas y vestir de seda mis pasos, dirigidos todos a tu magnificencia, a tu belleza que llena el palacio.
Enamorado estoy desde que me retiraste a los guarros e inmundos padres que tenía. No hay devoción a Dios como la tuya. No flaqueó tu placer ni cuando suplicaron con plegarias por sus vidas. Nadie puede detenerte, eres grande. Presenciar tu grandeza me hizo sonreír: cuando tus manos acariciaron mi rostro y cuando tus ojos cruzaron los míos, joviales, de un niño viendo a su héroe victorioso, empañado en sangre y victorioso.
Por ti debo morir. Solo por ti.
Por eso fui tu bufón, único y digno de tu gran amor. Por ti seguí entregando mi inocencia aun cuando me la habías despojado y seguí bailando aunque me hubieras arrebatado las piernas sin piedad. Me quitaste mis brazos y seguí alabando tu ser. Me quitaste todo: mi vida misma. Y cuando morí, morí en paz, porque me enseñaste tu alegría cuando de nuevo dije:
Te amo.