Tenía cuatro huevos en mi poder. Mis amigos y Pocho (nuestro perro), que esperaban hambrientos, también son vagabundos. Casi con pena, y con miedo de romperlos si los seguía viendo de esa manera, los herví a fuego lento con la madera que habíamos encontrado el día anterior. Fueron veinte minutos los que contuvimos nuestro aliento. El perro ansioso, mis amigos y yo muertos del antojo. Y entonces, no sé si fueron las ansias, pero saqué los cuatro a la vez y el maldito perro saltó con la puntería precisa para destruir nuestra cena.
Lo peor es que los huevos ni siquiera estaban bien cocidos, seguramente porque esa madera casi no sacaba flama.
Aquella noche cenamos los restos del desperdicio: huevo revuelto con mucha cáscara.